Teóricamente, para entrar en los billares, había que tener 14 años. Era nuestro principal refugio cuando acababa la época del buen tiempo. Veías a los jugones echar sus partidas de billar, e intentabas ver cómo aplicaban los efectos a la bola para hacer carambolas. Había cuatro billares franceses y uno americano.
El americano era para principiantes. Eso de colar bolitas de colores, era fácil. Lo bonito era ver cuando jugaban en los otros cuatro. De hecho, el americano estaba ahí, para gente que venía de paso.
Después introdujeron las nuevas tecnologías : los marcianitos. Poco después vinieron las moscas. Pero hasta entonces, las que se llevaban la palma en cuanto a maquinitas, eran las pin-ball, o las de bolas de toda la vida.
También estaban los campeonatos de futbolín.
Cuando la tecnología fue aplicada adecuadamente a las pin-ball, es decir, cuando cogías el mechero eléctrico de la cocina de tu casa, y le pegabas al panel metálico de la máquina, aquello era la mejor forma de pasar la tarde gratis. Y con un solo clik.
Algo más analógico, era abrir el candado de los futbolines, cuando el encargado de los billares, estaba a por uvas. Palanca p´arriba, y bajaban de nuevo las bolas. A saco.
Aquello, eran tardes de gloria. El señor Paco, no daba abasto, corriendo de un sitio a otro, buscando malhechores por todo el salón de los billares.
Decidió dejar el puesto. Eso no hizo mas que aumentar la rapidez con la que este tipo de negocios, iban a irse al garete.
Entró El calorro. El calorro ya sí que no daba abasto ( aunque tenía peor leche que el señor Paco ). Era cojo, y nunca llegaba a tiempo para parar el delito. Si se iba a la zona de futbolines, ya estábamos otros pegándole al Magiclik. ( Eso si que fue un mechero mágico, y no todos los inventos que se hicieron después).
Y ya ni contar, si alguien contrataba la zona de ping-pong. Eso era ya el orgasmo. Como estaba en otro local adyacente, venga todos a darle al magiclik, otros abriendo los candados. Estaba todo calculado.
Cuando venía de aquella zona, curiosamente todas las pin-balls estaban llenas de partidas extra, y los futbolines llenos de gente. Había ligas y todo.
Todo era en detrimento de los jugones de billar, que iban por tiempo, y ahí no había tu tía para tangar. Poco después, llegaron las drogas y aquello ya se volvió incontrolable del todo.
Hoy es una tienda de regalos.

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